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BAJA TOLERANCIA A LA FRUSTRACIÓN

La frustración, es una de las emociones que generan malestar. La frustración es la emoción que aparece cuando tenemos una expectativa de que ocurra algo y no ocurre de la manera que esperábamos o sencillamente no ocurre.

Como emoción, tiene la virtud de motivarnos para conseguir algo, lo que significa que es adaptativa, que nos sirve para adaptarnos a una nueva situación, lo cual es sano si se presenta con una intensidad, duración y frecuencia moderadas y ligada a situaciones concretas, donde lo objetivo, justo y realista es sentirse frustrado. Por ejemplo, si tenemos la expectativa de que las cosas, en una determinada situación, sean justas para nosotros, y en cambio hemos sido víctimas de una injusticia, lo adecuado sería sentirse frustrado, y esta emoción tendría la función adaptativa de motivarnos a enfrentarnos a dicha injusticia y tratar de crear las condiciones para que se resolviera. Si no sintiéramos este malestar que nos ocasiona la frustración, no trataríamos de cambiar la misma y tendríamos que conformarnos con la injusticia que nos presenta dicha situación. Si no aceptáramos esta frustración razonable, a corto plazo, nos libraríamos del malestar, pero a medio y largo plazo, estaríamos manteniendo e incrementando la frustración, así como la percepción de que no somos capaces de

controlarla, ni por supuesto, haber solucionado el problema. Estaríamos dispuestos a generar baja tolerancia a la frustración o una frustración que ya no es sana. Nuestra autoestima, por tanto, se vería resentida

disminuyendo. Con una baja autoestima nos resulta más difícil afrontar retos, por lo que mantenemos la baja tolerancia a la frustración. Nos cuesta trabajo aceptar el hecho de sentirnos mal ante una frustración

razonable, quizás porque culturalmente se nos ha enseñado a escaparnos o evitar la exposición a las emociones que generan malestar y se nos invita a creer que siempre tenemos que sentirnos bien, que sentirse mal es malo...

 

Pero lo que ocurre es que aprendemos a tener miedo a las emociones que nos generan malestar.

 

En este caso, los miedos que subyacen a no tolerar sentirse frustrado (baja tolerancia a la frustración), son:

 

● Miedo a sentir malestar.

● Miedo a equivocarse, a cometer errores.

● Miedo a decepcionarse de uno mismo por cometer errores.

● Miedo a sentir falta de control y a perder el control.

● Miedo a que los demás se den cuenta de que uno comete errores.

● Miedo a que los demás no lo valoren a uno por el hecho de cometer errores.

● Miedo a intentar conseguir una meta, por el miedo a sentir malestar cuando no se alcanza dicha meta.

● Miedo a que un hecho no se ajuste a las expectativas.

 

La baja tolerancia a la frustración, podríamos decir que es un síntoma característico del perfeccionismo, de la necesidad de control mal entendida, por tanto, de las excesivas exigencias que nos imponemos a la hora de tratar de conseguir una meta. 

 

¿Qué subyace al miedo de cometer un error?: Las creencias que tenemos acerca de nosotros mismos, las metas que nos fijamos, la manera en cómo deberíamos acometer nuestras metas, la evaluación que vamos a hacer de nosotros mismos si conseguimos o no llegar a alcanzar nuestras expectativas… Las creencias distorsionadas se convierten en “deberes distorsionados”, es decir, lo que asumimos que deben de ser las cosas de

una manera rígida.

 

¿Qué creencias erróneas hay bajo los miedos?:

 

● “Sentirse mal es malo”.

● “Si los demás perciben que una persona se siente mal, van a creer que es débil”.

● “Uno no puede permitirse el derecho a cometer errores”.

● “Uno no puede permitirse el lujo de cometer un error, porque podría hacer daño a alguien y eso no se debe perdonar”.

● “Hay que hacer las cosas perfectas”.

● “Cometer errores es fracasar”.

● “No conseguir lo que uno se propone es de mediocres”.

● “Si uno no consigue lo que quiere, los demás no van a confiar y lo van a ver como un fracasado”.

● “Hay que saber manejarse en cada situación para sentirse bien con uno mismo y sentirse seguro”.

● “Si uno no puedes controlar lo que va a pasar, no puede sentirse bien”.

 

Las creencias dirigen nuestra actitud en la vida, modulan nuestra forma de pensar y de sentir. Por tanto, es necesario revisarlas y cuestionarlas para poder llegar a darnos cuenta de si son objetivas, realistas y adecuadas, para

asegurarnos una forma sana de pensar y de sentir acerca de nuestro mundo. El perfeccionismo es una tiranía. Nadie ha nacido sabiendo ser hijo, ni hermano, ni amigo, ni pareja, ni padre o madre, ni sabiendo estar en cada situación nueva. Tendríamos que cambiar las creencias erróneas por creencias razonables, es decir, que tenemos que afrontar que estamos sujetos a cometer errores, que es lícito, que tenemos derecho, que inevitablemente los vamos a cometer, porque de entrada no tenemos el conocimiento para enfrentarnos a cada situación. Partiendo de aquí, podremos entender que para construirnos un sentimiento adecuado de control, tendremos que asumir que va a ocurrir a través del aprendizaje de nuestros errores, es decir, que los errores van a darnos la posibilidad de buscar respuestas a situaciones nuevas que no tenemos por qué controlar, y por tanto, dichos errores nos van a dar la posibilidad de aprender a encontrar estas respuestas. Así, nos construiremos un sentimiento de control más realista, justo y que nos brinde la seguridad necesaria para seguir andando nuestro propio camino.

 

No existe una única respuesta adecuada y que nos pueda ofrecer garantías absolutas de estar libre de desventajas. Tendremos que sopesar las ventajas e inconvenientes de la respuestas que encontremos, para poder elegir

aquella que nos ofrezca más ventajas que inconvenientes, y que éstos últimos podamos asumirlos. Tenemos que permitirnos el derecho a asumir las consecuencias de hacer una elección equivocada de la respuesta, por ello, antes de hacer la elección, tenemos que valorar si somos capaces de afrontar la posibilidad de que esa respuesta no sea la adecuada. 

 

Ahí radica la dificultad.

 

Un trabajo importante a realizar, sería pensar cuáles podrían ser las metas razonables a alcanzar, teniendo en cuenta que tienen que ajustarse a nuestra capacidad para poder conseguirlas, es decir, tendríamos que diseñar metas realistas para poder esperar alcanzarlas. En las creencias erróneas relativas a la baja tolerancia a la frustración,

tendríamos que aprender a detectar qué hay a la base:

 

A nivel de pensamiento: Distorsiones cognitivas: Etiquetación (“Soy un fracasado”), Todo o nada (“A Juan todo le sale bien y a mi todo me sale mal), Adivinación del futuro: “Para qué voy a intentar hacer ésto, si no lo voy a conseguir”), Deberías: “Las cosas deberían de ser de otra manera”, etc.

 

Emociones: Irritabilidad, ira, inseguridad, falta de autoestima, sentimiento de descontrol, vergüenza, culpa, desmoralización, abandono.

 

Conductas: Evitación, falta de control de impulsos, agresividad, aislamiento, pasividad.

 

Aprender a tolerar la frustración, es un trabajo que se desarrolla a lo largo de la vida, pero si la baja tolerancia a la frustración interfiere seriamente

en aspectos importantes de la vida de una persona (a nivel personal, interpersonal, familiar, social, académico/laboral), sería índice de buscar ayuda profesional al psicólogo.